Llevo horas en casa viendo nevar, ahora lo hago desde uno de los asientos del tranvía. En un momento dado de la mañana he sentido una energía repentina y, armándome de guantes, botas y una chaqueta-manta, salí al jardín y me revolqué en la nieve, la abracé, la acaricié. Sentí como dejaba de notar los pies mientras veía como mi imagen se fundía con el paisaje tiñéndose de pulcro y reluciente blanco.
Me gusta ver como los pequeños copos de nieve se enredan en mi pelo, en mi ropa. Me gusta sentir que, de repente, estoy mojada. Me gusta sentir el frío en mis manos y en mi nariz.
La estampa me hace pensar en un pintor que hastiado y aburrido de todo lo que ve decide pintar un nuevo paisaje, re-descubrir las formas, los sonidos, los olores....
En fin, puede que esta sólo sea otra de esas historias del "Cubano en Boston" y que pronto me canse de la nieve, que lo próximo que escriba sea una lista de todo lo que me molesta, pero de momento creo que este es un bonito regalo de cumpleaños.
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